Respuesta de Arturo Meza

Quiero aclarar un pequeño asunto. El texto que acabo de leer decía que ni siquiera se mencionó al moderador -Dr. Arturo Meza O.- En defensa del ego y de la autoestima -esa instancia tan socorrida por los psicólogos para culparla de todas las desgracias humanas- debo decir que, a proposito de los futboleros momentos que engalanan nuestros días, se dice en este medio que cuando se comenta un partido, el llamado “status postpartido”: el marcador, el pase tal, el penal, la jugada genial, el tiro preciso, el error del portero; el pasto, la asistencia, etc, y después de todo esto nadie habla -nadie pela- al árbitro, refleja esta conducta, que el árbitro hizo un buen trabajo. Cuando se habla del árbitro, solo se hace para denostarlo y para marcar sus posibles errores.

Así que la autoestima ha quedado indemne a causa de que no se me mencionó en los llamados medios masivos de comunicación. Señal entonces de que el debate se llevó a cabo con prudencia, respeto y sin demasiados cortes de ideas y discurso, que los debatientes pudieron hacerlo con libertad, sin cargarse la preferencia del moderador hacia ninguno de los partidos. Creo que esa es la mejor lección que he extraído de este excelente ejercicio democrático. Histórico para nosotros como grupo, aunque como ya se ha analizado en estos nóveles espacios de Cultura Ciudadana en Movimiento, fue muy notorio el vacío que llevó a cabo la prensa mayor de BCS.

El vacío que hicieron los medios de comunicación al debate y sus consecuencias es parte de ese envilecimiento: si no pagan, no es mi asunto.

Hace poco, un “periodista” me lo explicaba mediante un razonamiento que, creo que desde el punto de vista moral propio, eran razones. No era un envilecimiento, no era una desviación del oficio. Me dio la impresión que estaba convencido y que sus argumentos tenían un peso axiomático.

Mas o menos decía esto: “los políticos, los personajes, los funcionarios que tienen -lógicas- ambiciones de escalar, requieren de nosotros para hacer que sus ideas, sus declaraciones y su imagen públicas trasciendan, somos nosotros quienes los colocamos -para bien y para mal- en el escenario, por lo tanto, ellos obtienen un beneficio que al final, será un beneficio económico. La fama que yo le he promocionado en la prensa, la aprovechará para convencer al partido que es la mejor opción, para hacer negocios, para que lo asciendan de puesto, hasta para casar a su hija con un buen partido. Los beneficios son innumerables e insospechados.

En este contexto: ¿porqué no le voy a cobrar?¿que tiene de malo que establezca una tarifa que incluye párrafos, letras negritas o mayúsculas? ´¿cuantas veces no acuden al periodista para que por un café, o a lo mucho un desayuno, quieren que escribamos o digamos cosas maravillosas de su quehacer político, de los programas que han emprendido o de mensajes que quieren enviar a otros políticos?, les servimos hasta de mensajeros.

Por eso no veo nada malo en cobrarles. Dijo esto, lo juro, con un cierto candor.

Pude decirle que el periodismo es otra cosa, que es un servicio público, que hay todo un estamento periodístico que se llama deontología, que el profesionalismo incluye un cierto sentido ético que no se puede o debe sobrepasar, que la objetividad es un bien inalcanzable pero que como las utópías, esa es precisamente su virtud, que proporciona una dirección, un faro. Que su conducta es corrupta y que no podría acusar a un político o funcionario de corrupción porque lo señalarían inmediatamente como corrupto. El tremendo Síndrome Botellita de Jerez.

No le respondí. Estaba tan convencido de tener la razón. Creo que no era conciente de su corrupción. Era mas por ignorancia, mas porque sus modelos -sus mayores, a los personajes que admira y con los que se formó- seguramente así le enseñaron en esa carrera autodidacta de la mayoría de los periodistas que hay en nuestro país.

En una parte de la conversación me interrogó
¿tu crees que López Dóriga o Carmen Aristegui no cobran? -no lo creo- me atreví a responder -deben tener un buen sueldo, algo que no tienes tu -(aparte del buen sueldo seguramente no tiene muchas otras cosas) – Se me quedó viendo como tocando con la vista mi ingenua credulidad. ¡Claro que lo hacen! ¡Todos lo hacen!

¿Será?- me respondí. Para no seguir pareciendo ese ingenuo que no conoce las cañerías del oficio frente a quien se las sabe de todas todas. De esos que mascullan al final: -…si te platicara

Tampoco creo que acudir a la escuela de periodismo o Ciencias de la comunicación resuelva el asunto, pero si, al menos le proporciona el conocimiento de sus conductas, ese sí no se puede llamar ingenuo o ignorante.

Pero la neta, qué se puede hacer con el caso de mi conocido reportero, quien cree que está llamado a desempeñar el oficio porque le entiende a la política, porque le gusta el chisme, porque se sabe meter, porque la tecla se le da, porque la tinta de las redacciones es su querencia y la expectación del  que saldrá mañana le quita el sueño y le gusta, además, formar parte del “sufrido” gremio de los tundeteclas, como luego dicen.

No hay remedio.

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